Unidad frente al fascismo


MAIRÉAD HACHE

El pasado domingo 22 de Julio la compañía teatral A Tiro Hecho se reunía para realizar un mural en un solar de Valencia. La temática elegida estaba relacionada con la libertad de expresión y los jóvenes presos de Altsasu y su realización había sido previamente acordada con el Ayuntamiento, por lo que el artista disponía de todos los permisos que se requieren para llevar a cabo este tipo de actividades en un lugar público.

Lo que comenzó siendo una jornada solidaria a pleno color acabó ensombrecido con ciertos tintes grises que recuerdan a una de las épocas más oscuras de nuestra historia. El mural fue borrado y atacado por grupos de ultraderecha e incluso los miembros de la compañía tuvieron que ser escoltados por la policía después de vivir momentos de tensión por las amenazas de los atacantes. Unos atacantes que además de coartar la libertad de expresión se dedicaron a dibujar consignas de extrema derecha sobre el mural. Fue así como una vez más no sólo se mostró cómo el arte puede ser anulado o silenciado cuando se compromete socialmente, sino que además quedó demostrado cómo es utilizado por grupos de extrema derecha para difundir sus consignas xenófobas. Consignas que precisamente por su ataque al propio concepto de libertad, su xenofobia y culto al discurso de odio jamás pueden ser consideradas como libertad de expresión.

Tal como afirmaba Susan Sontag en su maravillosa obra Bajo el signo de Saturno, el arte fascista “glorifica la rendición, exalta la falta de pensamiento, otorga poder de seducción a la muerte”. Ese “viva la muerte” de Millán Astray que erizó a Unamuno y que todavía puede escucharse entre bambalinas cada 18 de Julio. Un “viva la muerte” que es ni más ni menos que consigna abanderada de toda doctrina del odio y cuyo único quehacer es deshacer, no dejar hacer y evitar dejar ser.

No es difícil relacionar estos hechos con otros tantos que asoman por las gargantas de la memoria. No sólo en relación a una época inquisitorial, en la que la falta de libertades iba más allá de la plena normalización. También recuerda a un periodo previo, en el que el fascismo intentaba abrirse paso aprovechando el contexto de crisis social y económica que supuso el periodo de entreguerras.

Es por ello que en un contexto como el actual, que tanto recuerda a la Europa de los años ’30 se hace necesario plantar cara a las doctrinas del odio, aquellas que persiguen la deshumanización del “otro”, entendiendo este “otro” como todo aquello que queda fuera de sus consignas totalitarias sobre raza, religión, orientación sexual, cultural, política y vital. En definitiva, unas doctrinas que pretenden imponer no sólo una visión oscura de la vida, sino la absoluta ausencia de ella.

Y es en este punto cuando no puedo evitar rememorar aquella gran marcha en el East End  londinense que en octubre de 1936 dijo NO al fascismo. Una marcha antifascista formada por diversos colectivos, entre ellos judíos, inmigrantes irlandeses, grupos anarquistas, comunistas, militantes socialistas e individuales que gritaron un no rotundo contra la Unión Británica de Fascistas de Oswald Mosley, aquellos que pretendían emular a los camisas negras de Mussolini. Aquella marcha pasó a la historia y se recordaría desde entonces como la Marcha de Cable Street, un símbolo antifascista que en la práctica supuso un freno indispensable contra el auge del fascismo en el Reino Unido. Un hito que todavía hoy es recordado y celebrado cada año no sólo por los antifascistas británicos, sino también por las diversas fuerzas políticas.

De esta forma y tomando también a la historia como referente, desde hace mucho tiempo y desde diversos frentes se insiste en la absoluta necesidad de una confraternidad entre las diferentes fuerzas de izquierda. Esta confraternidad, salvando las diferencias ideológicas que son las que nos definen en nuestras respectivas posiciones, debería ser el engranaje y motivación principal para luchar contra el enemigo común: el fascismo. Más todavía en un momento en que el auge de la ultraderecha está escalando posiciones rápidamente, tanto en la política europea como en la del resto del mundo.

Es por ello que precisamente el arte, entendido siempre como herramienta de transformación social, podría ser tomado como plataforma ideal, centro de unión y tabla redonda de diálogo entre las diferentes posiciones políticas que tienen como denominador común el antifascismo.

En definitiva, en un momento en que es más necesario que nunca un frente común contra el discurso del odio siempre diseminado por el fascismo, el arte podría convertirse en símbolo para la creación de una unidad necesaria. Un frente unido y sólido, consciente de unas diferencias internas que lejos de separar deberían tomarse como baluarte de la riqueza del pensamiento de izquierdas. Precisamente una aglutinación de fuerzas, ya que el antifascismo no es sólo una posición política.

Será siempre y ante todo, una posición humana.


Tras el verano tendrá lugar en Valencia un encuentro en el que partiparán artistas y colectivos culturales con el objetivo a contribuir a organizar las fuerzas de la cultura. Si formas parte de algún colectivo o como artista estás interesado/a en tener más información, desde la revista NUEVA CULTURA se ha abierto un formulario de inscripción:

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