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Un hombre lee “De regreso a nosotros”,...

Un hombre lee “De regreso a nosotros”, de Ana Pérez Cañamares

De regreso a nosotros

Ana Pérez Cañamares

72 páginas

Ed. Ya lo dijo Casimiro Parker

ISBN: 978-84-94501449

Mi sexo es el centro del mundo. No cualquier sexo, no todo sexo, sino mi sexo. Sucedió cuando al terminar la escena. El semen de él se escurrió por la cara de ella, y devino un fundido en negro. Fin del clip, pero el reflejo de la pantalla oscura, devolvió un exceso: mi rostro. Ese. Yo. El que ha estado mirando todo este tiempo. Junto a los clics que me llevaron hasta allí, produciendo dinero. Mucho dinero. Una de cada cuatro búsquedas en Internet es sobre pornografía, y sólo los sitios webs pornográficos generaban 2,84 miles de millones de dólares de negocio hace más de diez años, y supongo que actualmente se habrá disparado esa cifra. Disparado, pero quizás contra mi.

No puedo ver la televisión, navegar por Internet, o pasear por la calle sin que me lo recuerden: hay una conexión entre ¿mi? deseo y su dinero que es muy lucrativa. Mucho. Y me marionetea, me ridiculiza, me hace girar la cabeza, me compra y me vende. Y, claro, me construye. Hay un anuncio de lencería, que me explica cómo han de ser unas tetas perfectas, en cada parada de autobús. Y un millón de películas para aprender a mirarlas.

La lucha feminista, la conciencia, la frustración que conlleva este juego de ficciones…, quién sabe cómo ocurre, pero deseo sacarme ese alien. Purga de género, deconstrucción, mantenida gracias a la creencia en que, bajo las capas de asco, algún día reconoceré en mi cuerpo, en mi sexo, en mi deseo, algo que sea realmente propio, auténticamente mío, y pueda compartir. Pero ocurre con dolor, y con mucha confusión. A modo de cilicio posmoderno, impugno cada gesto, sin distinguir ya qué de sano pueda haber en este servil y domesticado instrumento llamado varón, blanco, hetero, cisgénero y escombrosexual, para cuyo consumo se construyeron las industrias del deseo, que acabaron consumiéndole a él mismo.

Si soy un náufrago, ¿no habrá pensado nadie en dejar para mí una botella con mensaje? Perdido en el rastro de mis propios palos de ciego, tropiezo con unos versos. Abro por cualquier lugar al principio, después descubro que existe un orden, necesario y exacto.

“Cuando me coges la cara
entre tus dos manos
me parece que calmas
una sed muy antigua”.

He querido caminar lejos, trascender esa violencia que construye mi cuerpo y mi deseo. Pero, sobre todo, he querido hacerlo solo. Como si no tuviera nada (ni nadie) a lo que ser fiel, y esa es la primera mentira. Ana Pérez Cañamares ha tomado la inocencia, y la ha hecho aguja para tejer una melodía de la calma, de la paz, de un lugar donde no hay ni asco ni repugnancia. Como tampoco dudas de él como ficción, como tantas falsas salidas de emergencia pintadas en la pared de la autocomplaciencia. Por el contrario, un lugar donde estar a salvo sin ser una huida. Es una canción de amor, pero no es ni cursi, ni ingenua. Es sólida. Y es extraño, para quienes nos hemos criado en el barrizal de los afectos precarios, pero claramente reconocible. Segura. Un lugar donde descansar y sanar.

“A solas con tu cuerpo:
cuánto me emociona su otredad
su radical diferencia que salva
su ser distinto y no contrario
su ser opuesto y no enemigo

mi espejo despojado de pelea”

No es fácil, en estos tiempos confusos de ruido amplificado, encontrar el manual de instrucciones y las herramientas para fabricar una trinchera. Sin la ficción de abandonar la guerra, pero sí la de creer que puedes continuar en ella sólo con tus propias fuerzas. Pérez Cañamares nos reconcilia con algo profundamente espiritual: la fe en nosotros mismos, en nuestro íntimo deseo. Un ejercicio de honestidad contagiosa, que conmociona sin desnucar, sin obligar a grandes giros. Sencillo, brutalmente sencillo.

¿Hay poesía más política que aquella que libera una mano para permitir su caricia? Ahora que no huyo (tampoco hacia adelante), puedo encontrarme contigo. Ahora que reconozco el territorio que compartimos, podemos hacerlo nuestro. Ahora, que es nuestro el deseo por el que nos buscamos, nos encontraremos.

“allí aprendemos entre brumas
que dos exiliados hacen país”.

Alejandro Ruiz Morillas


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