Todo nos lo han robado

José Manuel Martí Blanes

Sobre el ajedrez existe, como en toda actividad intelectual, una serie de mitos e ideas preconcebidas que desvirtuan su verdadera naturaleza. Unos lo asocian a la inteligencia; otros, a la creatividad, sin olvidar a aquellos que lo califican de juego extraño o “friki”.

Más allá de cualquier tipo de calificaciones que le podamos asignar al ajedrez y a quienes lo juegan, existe un dato empírico: se trata de un deporte -considerado también un arte- poco practicado.

De su poca práctica deriva el desconocimiento general sobre este, campando a sus anchas todo tipo de mitos en el imaginario colectivo. ¿El ajedrez mejora la capacidad de análisis? ¡Por supuesto! ¿Enseña valores éticos de respeto, confianza y esfuerzo? ¡Claro! ¿Se trata de un juego de “inteligentes”? ¡En absoluto!

En el ajedrez no existen las clases sociales, ni el color de piel, ni la religión. Tampoco existe el género o relaciones de opresión. Es curioso cómo tan noble actividad ha sido secuestrada forma de vil y cruel.

Como dijo Mijail Botvinnik, patriarca soviético del ajedrez, el talento no sirve de nada sin esfuerzo y trabajo. Y es aquí donde radica nuestra cruz: el tiempo de estudio y trabajo que requiere el ajedrez -así como entrenadores personales- no lo pueden asumir los y las trabajadoras. La condición de clase está presente en todas las facetas de nuestra vida.

No son pocos los comentarios machistas que se han vertido a través de él. Garry Kasparov, antiguo campeón mundial, dijo (refiriéndose a Judith Polgar): “tiene un talento fantástico, pero, después de todo, es una mujer”. Janusz Korwin-Mikke, europarlamentario polaco del partido Congreso de Nueva Derecha, señaló que: “¿Sabe usted cuántas mujeres hay entre los cien primeros jugadores de ajedrez? Se lo diré yo: ninguna”. En cierto modo, tiene razón. Pero quizá olvida, aparte de que el ajedrez está hipermasculinizado (1 mujer cada 14 hombres), las numerosas dificultades de acceso a programas de entrenamiento, la ideología patriarcal que impera en nuestra sociedad, y un largo etcétera. Y es que es normal; si la sociedad está profundamente masculinizada, el deporte ajedrecístico, también lo está.

De esta forma, la condición de clase y de género nos impide disfrutar de este bello arte. Y a pesar que se ha democratizado y feminizado en los últimos años, el ajedrez sigue siendo una práctica elitizada y masculinizada. Y no solo el ajedrez. En realidad, lo que entendemos como “cultural” no es más que aquellas actividades de gozo y disfrute que monopolizan las élites, porque solo ellas lo pueden disfrutar. Así nos quitaron el deporte, la cultura y toda actividad intelectual que destapase los sentimientos y sensaciones que ruborizan todo lo que somos.

Es necesario actuar. Es necesario combatir el robo de la cultura y apostar por crear una nueva cultura y deporte al servicio del pueblo trabajador. Con esta idea, la UJCE organiza la I Jornada de Deporte para el Pueblo en Alicante, que comenzará el sábado 26 de agosto con un torneo de ajedrez.

Todo nos lo han robado, y todo lo recuperaremos.


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