Tinder y la muerte de las relaciones interpersonales

Decía Erich Fromm en su célebre libro El arte de amar que el ser humano tiende a buscar diferentes formas de combatir su permanente estado de separación con el mundo que le rodea, y es entonces cuando el acto sexual se convierte en una vía de escape similar a las drogas. Sin entrar a debate sobre cuánto de cierto tiene esto, se puede sacar en claro algo muy interesante: bajo un sistema que aísla y deshumaniza a hombres y mujeres como es el capitalismo, y especialmente el capitalismo neoliberal, se busca refugio de diferentes maneras, por muy breves que estas sean, como es el orgasmo sexual. De ahí la hipersexualización que el capitalismo genera día a día, sin olvidar tampoco las causas patriarcales que hay detrás. Se puede deducir por tanto que el crecimiento exponencial de redes sociales como Tinder tiene más bien poco o nada de casual.

Bajo el lema «conoce personas nuevas e interesantes cerca de ti» —se podría discutir hasta qué punto es positivo que haya que recurrir a redes sociales para tejer relaciones interpersonales— la realidad que nos encontramos es la de una red social que te presenta al resto como un producto, ofreciéndote una lista de fotografías en la que, como si fuera un catálogo de supermercado, tienes que indicar cuál quieres y cuál no. Es decir, la intención nunca es conocer a gente, sino satisfacer tus necesidades sexuales, confirmando aquello que tan acertadamente reflejó Kollontai sobre la sociedad capitalista a principios del siglo XX: «Cada uno de los sexos busca al otro con la única esperanza de lograr la mayor satisfacción posible de placeres espirituales y físicos para sí, utilizando como medio al otro».  A pesar de que esas palabras trataban de profundizar en el amor y el matrimonio y resulta evidente que las «aplicaciones de citas» están muy alejadas de eso, habría que analizar si las relaciones sexuales supuestamente libres y consensuadas que se experimentan en la actualidad realmente lo son o se encuentran en una posición bastante más cercana a la necesidad de combatir la soledad individual de la que hablaban Fromm y Kollontai.

Las nuevas relaciones sexuales se empezaron a fraguar con la revolución sexual de los años sesenta en respuesta al modelo familiar imperante en el que el marido podía acostarse con prostitutas y tener múltiples amantes mientras la mujer se veía relegada al hogar. Esta reivindicación, totalmente justificada, evolucionó y acabó derivando en dos ramas distintas: una que seguía la tradición de aquellas que, como Kollontai, defendían el carácter social de la atracción sexual y otra que entendía que «las preferencias y prácticas sexuales son una parte fundamental de la identidad humana», tal y como lo describe Ana de Miguel en su artículo La revolución sexual de los sesenta: una reflexión crítica de su deriva patriarcal. Es con esta segunda postura con la que el capitalismo neoliberal se ha sentido más cómodo, apoyándose en ella para acentuar la hipersexualización del cuerpo —especialmente el femenino— y, bajo el paraguas de la libertad individual, fomentar un tipo de relaciones en las que el sexo es tema central y la preocupación por la otra persona inexistente. Esto último se manifiesta de manera más clara si cabe tras el nacimiento de Kiki, una «aplicación de citas» caracterizada por la compraventa de servicios; por poner un ejemplo, una usuaria debe pagar veinte euros por anticipado si quiere tener una cena con otra. Esto puede marcar un peligroso precedente: la consolidación de este tipo de aplicaciones como una suerte de prostitución bajo la premisa de que el sexo es un derecho y puedes obtenerlo siempre y cuando pagues. La relación que guardan estas redes sociales con el patriarcado y la heteronormatividad se hace evidente al ver que los hombres dan «like» en Tinder 6,2 veces más que las mujeres2 o que el colectivo LGBT utiliza otras «aplicaciones de citas» desarrolladas exclusivamente para el mismo, como la bien conocida Grindr. Aplicaciones que, evidentemente, no escapan de las intenciones del neoliberalismo.

Si bien es importante entender que en toda relación sexual debe haber un respeto y consenso mutuos, también lo es comprender que las decisiones individuales que tomamos vienen condicionadas por la realidad que vivimos. Es, por tanto, inevitable afirmar que, bajo un sistema que nos explota diariamente, el sexo se convierte en un refugio individual mediante el cual pretendemos escapar durante un breve periodo de tiempo de la realidad que nos rodea. Cabe señalar que esto no es un alegato a renunciar a las relaciones sexuales, sino a repensarlas y dejar de colaborar con empresas que, aprovechándose de nuestra situación de explotación, promueven de manera totalmente explícita que deshumanicemos a los demás en favor de nuestro beneficio propio. A riesgo de parecer conspiranoico: no dejemos que sean unos algoritmos los que controlen —y destruyan— toda relación interpersonal.

1Aleksandra Kollontai, (1911), Las relaciones sexuales y la lucha de clases.

2Estudio realizado por Worst Online Dater, (2015).

Artículo original publicado en Agitacion.org

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