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The Americans: la construcción de la distopía

The Americans: la construcción de la distopía

La trama de la serie de televisión “The Americans” nos cuenta la historia de dos agentes del directorio S del KGB infiltrados en suelo norteamericano durante los años ochenta del siglo pasado. No sólo se les había entrenado para el espionaje, sino también para actuar como verdaderos americanos, viviendo en matrimonio y formando una familia real. Viven en un suburbio de clase media de Washington y son conocidos como “los Jennings”, Elizabeth y Philip. Llevan 15 años casados, tienen dos hijos y trabajan en una agencia de viajes. Pero esta american way of life ideal es en realidad la tapadera perfecta para las actividades de espionaje del matrimonio. Sus propios hijos lo ignoran todo acerca de la actividad de sus padres, incluso su verdadera nacionalidad. Ellos reclutan informantes, se infiltran en organismos estatales, hacen seguimiento y escuchas de funcionarios, roban y hasta matan si es necesario con tal de conocer los planes antisoviéticos del país en el que viven; todo ello mientras intentan eludir la vigilancia del departamento de contraespionaje del FBI.

Creada y producida por Joe Weisberg, a la sazón exagente de la CIA durante los últimos años de la década de los noventa y primeros años de los dos mil, está inspirada tanto en sus propias experiencias como en notas aparecidas en el libro publicado por el exagente del KGB Vasili Mitrojin. Asimismo, según aparece reflejado en algunas fuentes digitales, también se utilizaron los testimonios y las anécdotas de agentes del FBI en servicio durante la última etapa de la Guerra Fría.

Philip Jennings

No obstante, la controversia con respecto a la realidad o ficción de los hechos sobre los que se basa la serie está servida. Por un lado, como así viene referenciado en algunas fuentes, parece ser que sí existieron actividades de ese calibre en EEUU durante la guerra fría, pero tampoco especifican cuáles ni cuándo tuvieron lugar. Por otro lado, cobra mucha más fuerza la versión que apuesta por situar los hechos con posterioridad al momento en el que la misma serie los enmarca temporalmente. Se trató de una red de diez espías rusos que comenzaron su andadura a finales de los años 80, cobrando una mayor intensidad las actividades relacionadas con el espionaje en la posguerra fría después de la desintegración de la URSS. Aquella red fue desmantelada recientemente en el 2010, y dos de ellos, un matrimonio con dos hijos nacidos ya en EEUU, fueron los elegidos para inspirar el guión de la serie televisiva.

Después de esta breve introducción y antes de adentrarse en el tema que ocupa el interés del presente comentario, convendría enmarcar el contexto histórico en el que se desarrolla la trama. Ésta comienza en 1981, momento en el que el mundo seguía condicionado por las tensiones existentes entre los dos bloques enfrentados en aquel momento: el capitalista y el socialista; desde que después de la II Guerra Mundial EEUU y sus aliados asumiesen el discurso ideológico de “salvar al mundo libre” y la URSS y los países del este se erigiesen como el bastión de la política antifascista y antiimperialista de los países que habían escapado al control del imperialismo anglo-norteamericano.

Elizabeth Jennings

En EEUU, el republicano Ronald Reagan, recientemente elegido presidente de los Estados Unidos de América, acababa de un plumazo con el espíritu de la Conferencia de Helsinki de 1973, en el que se abría la puerta a la línea de distensión de su predecesor, el demócrata Carter. Con Reagan triunfaban de nuevo el anticomunismo más exacerbado, el rearme y el rechazo a todas las políticas de protección social que hasta ese momento formaban parte, aunque con matices en cada país, de los dispositivos del bienestar imperantes en los países capitalistas. La presidencia Reagan significó el gran impulso al neoliberalismo en EEUU, lo que garantizaba una alta rentabilidad a los capitales a costa de la reducción de derechos y de la seguridad de los trabajadores.

En paralelo, en la URSS, el mandato de Brezhnev estaba llegando a su fin. Tras casi 20 años dirigiendo el país, el sistema socialista arrastraba no pocos problemas económicos, así como crecientes dificultades políticas y sociales. La llamada época del estancamiento en los años 70 desembocaba en la década de los ochenta con una agudización de la crisis y nuevos problemas en clave interna. Se consolidaba el poder de la llamada nomenklatura, es decir, de los principales dirigentes del PCUS en los diferentes aparatos del Estado, y se desarrollaba de forma cada vez más incontrolable un mercado negro, lo que a la postre generó un descontento cada vez mayor entre la población sin apenas capacidad de ser canalizado a través de las instituciones y las estructuras políticas existentes, las cuales se encontraban fuertemente burocratizadas.

En el plano internacional, la Unión Soviética interpretó las políticas de distensión de la administración Carter como un signo de debilidad, lo que la condujo a redoblar esfuerzos para emprender una nueva expansión: intervino en Angola y Mozambique para combatir el Apartheid, y comenzó la invasión en Afganistán. Desplegó sobre su territorio en Europa y Asia misiles con tres cabezas nucleares y 5000 kilómetros de misiles de alcance SS-22. Evidentemente, dichos movimientos supusieron el pretexto perfecto para que se rompiese el clima de coexistencia pacífica y rebrotase de nuevo un período de máxima tensión. EEUU respondió apoyando a los movimientos contrarrevolucionarios en Nicaragua y Angola y financió a las guerrillas anticomunistas de los Muyahidines en Afganistán, a través de la operación Ciclón.

El agente del FBI Stan Beeman

Igualmente, en 1983 puso en marcha la llamada Iniciativa de Defensa Estratégica –o Guerra de las Galaxias-, cuyo cometido era proteger el territorio de los EEUU con un escudo espacial antimisiles. Tras el deceso de Brezhnev en 1982, se sucedieron al frente de la URSS Andropov y Chernenko, que congelaron el presupuesto militar en pleno rearme norteamericano y propusieron introducir cambios radicales en la economía. Evidentemente, dichos intentos de reconducir la situación fracasaron, como bien se pudo comprobar pocos años después con la caída de la URSS y del resto del bloque socialista.

Volviendo al tema que nos ocupa, convendría señala, para ser lo más riguroso posible, la necesidad de separar al menos tres cuestiones importantes en todo lo referente a la construcción de la memoria: por un lado, la ficción sobre la que se construye el guión de la trama; por otro, los hechos que aparecen en la serie contrastados con la realidad y el contexto histórico sobre el que se asienta; y, por último, el recurso permanente al flash-back, utilizado de forma constante en la serie para evocar el pasado en forma de recuerdo anclado en los protagonistas y como instrumento para construir una memoria transmitida desde esos mismos personajes hacia el público en general, generando empatía y reconocimiento mutuo.

Se hace necesario señalar también, por muy obvio que parezca, el propósito que persiguen este tipo de productos culturales de consumo masivo al adentrarse de lleno en el terreno de la confrontación ideológica entre el capitalismo y el comunismo, trascendiendo las peripecias propias de una pareja de espías. Éste no es otro que el de transmitir una imagen lo más sesgada y negativa posible del socialismo realmente existente a lo largo del siglo XX en contraposición al capitalismo triunfante que hoy domina en la mayor parte del planeta.

Es en este punto donde parece oportuno hacer más hincapié: la memoria se presta a confeccionar un relato más particularizado, subjetivado, interesado y capacitado para permear y hegemonizar de forma más eficaz las conciencias de los espectadores. A lo largo de todas las temporadas, el matrimonio Jennings se ve afectado por toda una serie de recuerdos de sus respectivos pasados. Éstos, no sólo son utilizados para construir un determinado perfil psicológico de los personajes de la serie en conexión con los hechos que se van sucediendo en la trama, sino para fabricar una imagen muy concreta de la Unión Soviética. El personaje de Philip Jennings está traumatizado por un suceso de la infancia en el que se ve obligado a matar a otro joven. Esa escena se repite una y otra vez con el objetivo de mostrar una sociedad permisiva con la violencia, en la que el estado no asegura las mínimas garantías jurídicas. Otro recuerdo que aparece constantemente es el de las dificultades familiares debido a la escasez de alimentos y bienes materiales, así como por las malas relaciones existentes entre sus padres, llegado incluso a desconocer él mismo el oficio de su progenitor.

Por otro lado, su mujer, Elizabeth Jennings, vive marcada por la relación que mantenía con su madre y por un hecho sucedido cuando estaba siendo entrenada por el KGB. En cuanto al primer recuerdo, se muestra a una madre ruda y con un carácter amargo como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, conflicto en el que además había muerto su marido. Al igual que en el caso de Philip, se muestra un hogar humilde y austero en el que parece que predomina cotidianamente la escasez. La madre es representada como una mujer fuerte e inflexible ante los intentos de soborno por parte de dirigentes del Partido, con los que intentaban comprar su fidelidad política y personal hacia ellos a cambio de comida. De hecho, es la madre quien finalmente empuja a la protagonista a aceptar el ofrecimiento que se le hace desde el Estado para trabajar en los servicios de inteligencia del país. Ahondado aún más, el carácter de la madre es heredado por ella: en antagonismo con su marido, muestra una clara lealtad a su país y un amor incondicional por su trabajo; su cometido, como ella misma dice en varias ocasiones, es el de “preservar la supervivencia del socialismo y el de luchar por un bien mayor”.

El otro suceso que motiva una vuelta atrás en el tiempo es el de la violación sufrida por la protagonista a manos de un entrenador de artes marciales del KGB. Este episodio de su vida marcaría igualmente su carácter, así como su rechazo a mantener relaciones sentimentales de mayor profundidad con otras personas, incluso con su marido.

La familia Jennings

Todo esto está interesadamente conectado a los acontecimientos que van sucediéndose a lo largo de la trama. Por ello, no es casualidad que al protagonista masculino se le vengan a la memoria algunos de los recuerdos cuando escenifica su desacuerdo con ciertas operaciones especiales que le son confiadas y sobre las que alberga numerosas dudas. Igualmente, Elizabeth se encuentra más afectada por sus recuerdos cuando, en el ejercicio de sus funciones como espía, se ve obligada a relacionarse con diferentes personas para obtener información, o cuando tiene que utilizar la fuerza para resolver determinadas situaciones complicadas.

Es aún más llamativa la escenografía creada para construir una falsa imagen de la URSS. En ella se presenta un país gris, sucio y abandonado en el que pareciera que nunca asoma la luz del sol; en el que el oxígeno necesario para respirar es sustituido por el humo de la fábrica de tractores Putilov; y en cuyas cadenas de producción, un ejército de obreros estajanovistas impersonalizados imposibilita el derecho negativo, inherente a cualquier ser humano, de decidir su propio destino. La imagen mostrada es paradigmática de la propaganda fabricada por los países occidentales para intoxicar a la opinión pública. Tal pareciera que la serie hubiese estado producida en los momentos más duros de la guerra fría. Esto sin duda viene a certificar las amplias posibilidades que ofrecen la memoria de los vencedores y el atrezzo de la industria cinematográfica para presentar lo falso como una realidad, o más bien como verdad incontestable.

En suma, todos estos recuerdos vienen a proyectar una idea de la Unión Soviética enormemente estereotipada, bastante alejada de la realidad contemporánea a la que hacen referencia dichos recuerdos, y en la que se desdeña cualquier elemento que pudiera parecer positivo. Desde el punto de vista de la memoria, se pone de manifiesto el uso político y social del pasado, en este caso de la visión sesgada de un pasado al que, por motivos ideológicos y políticos presentes, sigue siendo conveniente denostar.

Aquellos flash-back ejercen una transmisión de la memoria hacia los propios personajes que, por el cariz de los diálogos y en una clara relación dialéctica con la nueva realidad que desde hace años les ha tocado vivir en los EEUU, apunta a una baja motivación por su parte ante la posibilidad de retornar a su país. Se produce un choque cultural entre la supuesta realidad de aquella sociedad que recordaban y la nueva vida que, aparentemente más satisfactoria, les habían obligado a vivir en el corazón del capitalismo. Esto produce en ellos mismos y en el espectador una sensación de rechazo hacia el modelo social exhibido por los recuerdos, donde la memoria colectiva ejerce un peso fundamental en la construcción de la distopía. No sólo la de la URSS de la posguerra y la de la Rusia soviética de los 80, sino también de la de cualquier tipo de sociedad futura –flash-foward– que se identifique con las ideas del comunismo.

José Enrique Fernández González

 


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