Relato: Su vida


¿El mejor día de su vida? María Villena pensó por un momento su respuesta. Lo tenía; fue aquel día de verano, un día extrañamente fresco, un día extrañamente decisivo. Fue el día en que conoció a la persona que más amaba en el mundo, que ahora mismo yacía tumbada frente a ella, con la cabeza en sus rodillas.

Eran las fiestas del pueblo, y aquel hombre era el amigo de un vecino poco cercano. De hecho, las únicas cercanías que existían en aquel momento eran por viejas rencillas familiares de las que no tardarían en reírse. Pero la persona que de verdad cambiaría su mundo era el amigo; “Pablo, un amigo del trabajo”, así lo presentaron. Recordaría toda su vida la sonrisa desafiante que la atrajo desde un primer momento; el brillo de aquellos ojos claros que la atraparon sin remedio.

Pero no; quizá no era ese el mejor día de su vida. Mirando a los ojos de Pablo, que le devolvían la mirada con amor y expectación, recordó el día de su boda. Ella quería un vestido sin mangas, pero su madre le decía que aquello era demasiado atrevido; aún sonreía cada vez que recordaba la indignación de sus mayores cuando Pablo dijo que, en efecto, ese atrevimiento innato en ella era una de sus mejores virtudes. Recordaba con un amor absoluto el momento en que subió al altar y vio a su futuro marido, un desconocido por gran parte de su vida que ahora se había convertido en parte imprescindible de la misma.

Como estos y más recuerdos le venían a la mente, y consciente de la urgencia de su respuesta, se decidió por algo sencillo.

-Tenías razón, cariño. Es difícil elegir uno.

Pablo sonrió con dificultad, una sonrisa que se esfumó en apenas un instante. Y es que era verdad; María sacó ese tema tratando de conseguir que su marido pensara en algo alegre, pero aquella era una pregunta difícil de contestar. María también tenía una sonrisa en la cara; quizá la sonrisa más falsa, pero necesaria, de su vida. Y es que puede que no tuviera claro cuál era el mejor día de su vida; pero sabía con certeza cuál era el peor. Cerró los ojos un instante, intentando concentrarse en no llorar, y los abrió rápidamente para encontrar la mirada de su marido. Con una mano en la herida del abdomen de Pablo y otra en su mejilla, ambas manchadas ya de sangre, María trataba de sonreír.

-Te lo dije- contestó Pablo, hablando con dificultad. Tras una breve pausa, continuó – Vete. María, por favor, vete. No quiero que mueras aquí. No quiero que mueras por mí.

Las lágrimas amenazaban con abandonar ya los ojos de María. Bien sabía ella de quién era la culpa de todo. Ambos habían conseguido una vida tranquila; un pequeño piso en Madrid, cerca del trabajo de él, camarero y estudiante de derecho, y de un café que a ambos les encantaba frecuentar en el que se debatían todo tipo de cuestiones políticas y artísticas. Podrían haberse refugiado, haber huido, haber esperado a que la guerra llegara a ellos; pero ella no podría haber vivido con esa culpa a sus espaldas, y decidió hacer un alarde de valentía que había resultado mucho más duro de lo que pensaba. Pablo había accedido rápidamente, pero la idea había sido suya.

-No voy a irme. Vendrán enseguida, vendrán. Hazme caso. Volvamos al mejor día de nuestras vidas, ¿te parece? Yo tengo algo que quizá haga que se incline tu balanza.

Pablo parecía hacer esfuerzos sobrehumanos por permanecer atento a las palabras de su mujer. María apartó su mano de la mejilla de él y se la llevó a su propio vientre. Cerrando los ojos un momento, cogió la mano de su marido y, con cierta dificultad, consiguió que los dedos rozaran ese mismo lugar. Aquello fue lo primero que causó una verdadera reacción en Pablo, que abrió sus ojos más que nunca.

– ¿Estás…? ¿Vamos a…?

María sonrió, esta vez con sinceridad. Había conseguido lo que buscaba.

-Sí, Pablo. Vamos a. Porque va a haber un futuro. Porque este niño necesitará a su padre.

Su marido no podía expresar demasiado su alegría en el estado en que se encontraba, pero sólo la expresión de su rostro fue suficiente para saber que ya había elegido el nuevo mejor día de su vida. Tras la alegría extrema, se abrió paso el miedo.

-Pero… ¿y qué haces todavía aquí? ¿Y por qué te alistaste estando en este estado? ¡Razón de más para que te vayas! ¡Por favor!

-No lo sabía cuando me presenté voluntaria. Quizá lo sospechaba, pero no lo sabía. Ahora estoy segura. Estaba esperando el momento adecuado para decírtelo sin que perdieras la cabeza.

María rio un poco de su propia ironía y volvió a su tarea de acariciar la mejilla de su marido, ante el pánico de este. Quizá hubiera habido un momento más tranquilo para decírselo, pero no mejor. Ahora iba a salir todo bien. Lo sabía.

Y estaba en lo cierto; se oyeron voces y pasos agitados, y varios hombres llegaron a su lado para recoger a su marido y llevárselo. Iban a poder curarlo. El pánico de él se redujo un poco, ya que ambos podrían volver ya con los suyos, a salvo en la enfermería. Quizá ese futuro sí que sería posible. Comenzó a imaginarse cómo sería su hijo, qué nombre le pondrían, si María sería una madre protectora… sí que lo sería. Pablo sonrió de verdad, también por primera vez.

-Te quiero.

-Y yo a ti.

María le dio un beso en la mejilla y, en cuanto llegaron hombres que ayudaron a tapar la herida, le dijo que iba a ayudar a traer la camilla. Ella siempre iba por delante.

Y entonces la luz, el ruido, el impacto, el pánico. Ése sería su último recuerdo de María.

No fue hasta pasadas semanas, meses, que Pablo pudo pensar en otra cosa que no fuera aquellos terribles momentos tras la explosión o, en los pocos momentos de luz, aquella última conversación. Cuando lo hizo la guerra ya estaba perdida, y él incapacitado; siempre recordaría la huida por las montañas, la última vez que pisaría su tierra quién sabe por cuánto tiempo, la última vez que vería el sol ponerse en el lugar en el que había crecido, aprendido y amado. Quién sabe por cuánto tiempo.

Y ese tiempo se hizo eterno.

Décadas, largas décadas después, el destino quiso que sus sobrinos lo llevaran de vacaciones a Irlanda. No eres demasiado viejo, le habían dicho. Pablo ya rondaba los ochenta, pero sus sobrinos, según el anciano, pecaban de optimismo. Por suerte tenían razón, y un buen día de verano se encontraban todos en Irlanda, visitando un bonito pueblo.

Pablo pensó en que a María le habría gustado aquello; de vez en cuando le contaba cosas cuando rezaba, y sabía que aquello le agradaría. También le había contado cómo las cosas habían cambiado en su país, pero que nunca se había recuperado aquello por lo que lucharon y con tanto sacrificio perdieron. Algún día, le decían siempre sus sobrinos.

Como decíamos, el destino quiso que lo llevaran a Irlanda; y él mismo se personó en la plaza de aquel pueblo. Es un monumento bonito, dijo su sobrino menor. De granito; es un buen material cuando se pule. Se acercaron y vieron que era un monumento funerario. En poco tiempo, ayudando al tío, estuvieron lo suficientemente cerca como para leer la inscripción.

Y el anciano echó a llorar. Los sobrinos no sabían qué hacer; alarmados, le preguntaron si le pasaba algo, si quería irse, si quería sentarse, si quería quedarse allí de pie. Pero aquel llanto era incontrolable. Con los dedos húmedos recorrió las letras esculpidas de nombres desconocidos para él. Aquel dolor era una herida profunda y aún abierta, muy abierta. Poco a poco, los sobrinos esperando en silencio, el anciano pareció recobrarse de su ataque.

No fue hasta su vuelta a España que el anciano les explicó lo ocurrido. Aquel era un monumento a los soldados brigadistas internacionales; aquellos valientes que, dejando todo atrás, fueron a otro país a defender la libertad y la democracia de sus vecinos. Su país no los había apoyado en aquel momento, pero ahora, gracias al progreso y la razón, les agradecían su servicio a la libertad incluso con monumentos.

No es así aquí, les dijo. No es así para María. María, que luchó por sus vecinos. María, que luchó por sus amigos. María, que luchó por su país. Por la libertad y democracia. Que no les dio la espalda. María, cuyos restos yacen en un campo de batalla. Cuyo nombre no está ni estará nunca en un monumento, ni de granito ni de papel. María Villena, que dio su vida por su país, y su país la enterró viva.

Nunca habrá reconocimiento para los verdaderos patriotas. Este país los ha olvidado, insistía el anciano. Sus sobrinos, invadidos ahora por la tristeza, le dijeron que aquello cambiaría. Uno de ellos también era abogado, siguiendo el legado de su tío. Pero Pablo acabó por tener razón, y tenía unos sobrinos que pecaban de optimismo.

Pablo, “un amigo del trabajo”, murió el 20 de mayo de 2017. Llegó a los 98 años. Su funeral se llenó de seres queridos; amigos y familiares y, los primeros, sus sobrinos. Lo querían con toda su alma. Sólo lamentaban una cosa: su tío había muerto sin ver los cambios que ellos prometieron. Que todos deberían haber prometido.

Y es que aquello por lo que María Villena murió, sigue muerto. Y María, que murió por su país, sigue enterrada sin nombre. María, sin nombre en granito, y sin nombre en la memoria.

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