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Los días de la ceniza: una genealogía de la equidi...

Los días de la ceniza: una genealogía de la equidistancia

Jesús Peris Llorca

Este verano me dio por leer algunas novelas españolas que habían quedado fuera del “canon”, para pensar en un curso que impartiré este año. El criterio fue sencillo: leer novelas cuyos títulos me había topado en textos de referencia y de las que nunca antes había oído hablar, para intentar adivinar por qué nadie me había hablado nunca de ellas. Así, por una mención lateral en un ensayo de Carlos Blanco Aguinaga llegué a Días de llamas, una novela firmada por un enigmático Juan Iturralde del que tampoco nunca había oído hablar y que resultó ser un seudónimo. Me aparecía datada en 1987. Cuando conseguí un ejemplar descubrí que este era el año de su publicación en Ediciones B, pero que había aparecido originalmente en una fecha tan temprana como 1979. Se trataba de una novela sobre la guerra civil, y venía prologada por Carmen Martín Maite, de manera que decidí internarme en sus páginas para descubrir por qué había sido sepultada en el olvido al igual que su autor.

Mis alarmas se encendieron al leer las palabras con las que Martín Gaite comienza su texto de presentación: “las novelas sobre nuestra guerra civil me producen cierto recelo, debido a que el resentimiento y el partidismo desde el que suelen estar escritos se propaga a la presión, muchas veces agobiante, que ejercen sobre el lector”. Y es que -dice- prefiere “cualquier estudio histórico que establezca la saludable distancia entre lo que somos ahora y aquella época de nuestro pasado reciente en cuyas heridas no es aconsejable hurgar por hurgar, pero que tampoco conviene cerrar en falso” Esta novela, sin embargo, iba a vencer sus prejuicios, por su calidad pero también porque “toma inmediatamente un vuelo muy ambicioso que la hace superar el caso particular de ese individuo para alcanzar perspectivas testimoniales mucho más amplias”.

Así pues me abismé en sus páginas decidido a conocer exactamente de qué resentimientos y partidismos había huido y en qué consistía no cerrar en falso ni hurgar por hurgar. Y lo que me encontré fue una especie de borrador de La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina (2009), una novela que me desagradó profundamente y que mi amigo David Becerra destripó de forma adecuada en La guerra civil como moda literaria (2015). Es decir, la novela del tal Iturralde desde su planteamiento inicial mostraba una voluntad de equidistancia que paulatina y sutilmente se iba sin embargo inclinando hacia el lado faccioso. Y ello en una novela publicada en 1979.

No es este lugar para desgranar con detalle la novela. Baste señalar, por ejemplo, que el protagonista y narrador en primera persona es un juez de ideología republicana, que sigue como juez durante los intentos del gobierno por acabar con la violencia caótica, y que sin embargo nos lo encontramos al inicio de la novela encerrado en una checa comunista y esperando que sus verdugos vengan a darle el paseo por tibio y por señorito. El texto combina la narración de la vida en ese calabozo entre la llegada de nuevos presos y las salidas para los paseos al amanecer con las aventuras de este juez desde julio de 1936. Conocemos así entre otras cosas las desventuras de un hermano del protagonista, militar sublevado en el Cuartel de la Montaña que al parecer lo hizo no porque fuera un fascista en armas contra la democracia sino por honor militar, compañerismo y cosas así pero que en realidad era un muchacho excelente.

La novela se centra entonces en mostrarnos el horror de la violencia cometida por los milicianos descontrolados, y sugiere en diferentes momentos que los intentos del gobierno de Azaña por controlar la situación pese a haber perdido una parte importante del ejército eran una farsa. Eso permite poner en plano de igualdad a los dos bandos, omitiendo detalles tan fundamentales para entender lo que estaba pasando como que fueron los militares quienes desencadenaron la violencia al iniciar un golpe de estado contra el gobierno legítimo, que algunas de las acciones que se narran fueron represalias espontáneas después de conocerse las atrocidades cometidas por los fascistas en su avance, o que mientras el gobierno republicano trataba de acabar con la violencia arbitraria, el gobierno militar franquista organizaba las ejecuciones en masas como parte de sus objetivos estratégicos. Si además los “horrores” republicanos se narran en directo mientras la violencia fascista sólo aparece en relatos de personajes en tertulias y en algún caso es incluso puesta en duda por algún otro personaje o resumida con hastío: (“oímos la historia eterna de las represalias, las desbandadas de los milicianos gritando: ‘que nos copan, que nos copan’, la historia que acaba con el fusilamiento de los prisioneros por el bando que los hacía”), el resultado es que hablar de equidistancia para esta novela sería ser demasiado generoso. Al parecer los republicanos perdieron la legitimidad al armar al pueblo en lugar de entregar el poder sin más a los militares sublevados reproduciendo así uno de los tópicos habituales de la versión franquista de la guerra repetido hasta la saciedad. Por ello, el narrador expresa su temor a la entrada de los fascistas en Madrid en estos términos: “los facciosos, los vengadores del que tenía el ojo de cristal, del marista, de Abrantes, de los que no quise o no pude salvar”.  Los dos bandos quedan equiparados (“los de acá no son mejores”) y las implicaciones ideológicas -la mirada condescendiente a las clases populares y a las mujeres, por ejemplo- naturalizadas en las palabras del narrador hacen el resto.

Por ejemplo, Petra, la criada de la familia, es euskaldún y una y otra vez el narrador se refiere a su lenguaje como “su jerga vascuence”. Rosas, otro de los funcionarios del juzgado lleva “un ridículo brazalete con la bandera tricolor”. En uno de los juicios que el protagonista preside “los jurados parecían facinerosos salvo un empleadillo de Correos, y un maestro, que eran más de temer porque tenían más cultura y peores intenciones y porque sabían comunicárselas a los otros”. La amante proletaria del protagonista -casada por cierto con un sindicalista- “llevaba un vestido barato y feo, como solían ser los suyos, pero que se ennoblecía sobre su cuerpo, gracias a sus hombros, a su pecho joven y a su cintura”. Lo barato -y feo- opuesto a lo noble: y siempre es así. Tal vez por ello en otro momento una banda aparece “tocando la música ramplona del Himno de Riego”. No es extraño entonces que  muchos años más tarde la web reaccionaria Libertad Digital la incluyera en su lista de “Libros que no recomendaría Manuela Carmena”.

Que una novela así se publicara en 1979 tiene un significado evidente. Se trataba de prevenir a los lectores de cualquier idealización del bando republicano en la guerra civil, es decir, de cualquier tentación de religar la democracia española con la única genealogía democrática posible, la Segunda República, y abundar en el discurso de la guerra fratricida en la que todos hicieron cosas malas, equiparando a los golpistas y a los perpetradores de un auténtico genocidio ideológico con los defensores del gobierno legítimo y democrático elegido en las urnas en febrero. Es decir, es un producto más de la naciente Cultura de la Transición, defensora del pacto de olvido, de esa manera tan curiosa de pasar página que consistió en aceptar como garante de la democracia y jefe de estado “a título de rey” nada menos, con voluntad hereditaria hasta el fin de los tiempos, al elegido por el dictador; es decir, de cancelar sine die cualquier religamiento histórico real con los perdedores de la guerra civil y su proyecto. La continuidad -transición- sin ruptura con una dictadura militar fue vendida como un verdadero adanismo democrático superador de conflictos y sin ningún vínculo real con el pasado. La movida y el cine de Almodóvar, las hombreras, los pelos cardados y de colores y la “cultura del pelotazo” harían el resto.

Lo que confieso que me escandaliza más es que esta novela venga validada en 1987 por el prólogo de Carmen Martín Gaite, la autora de Nubosidad variable (1992), uno de los textos que leímos como representativos de aquella época superadora de los “visillos” del franquismo, en las que todo lo escondido en “el cuarto de atrás” en los interminables cuarenta años salía por fin con naturalidad al cuarto de adelante.

Es decir, lo que me fascina visto hoy no es que los fachas hicieran su trabajo para perpetuar los privilegios de la oligarquía consolidados en los años del franquismo después del sueño republicano. Lo que me fascina es la abdicación de muchos intelectuales supuestamente críticos, su colaboración para crear un determinados estado de opinión y fijar los límites de lo decible, su voluntad interesada de pasar página a cambio tal vez de un lugar en la cumbre y su cuota de oropeles o, en algún caso, por cierto, de conservar cumbre y oropeles mediante un proceso apenas disimulado de maquillaje retrospectivo. Lo que me fascina es cómo contribuyeron con su silencio a validar con matices las versiones franquistas de la guerra civil, cómo contribuyeron a alejar a España de su memoria democrática.

No es extraño entonces lo que vino después. El revisionismo franquista iniciado sin complejos en la época de Aznar, el desprecio a la bandera tricolor ya presente en la novela que me ha dado pie a estas reflexiones mientras ex-ministros franquistas son enterrados con honores mientras sus conmilitones les cantan el Cara al sol, la censura por ejemplo hace pocos días de un evento de homenaje a los exiliados republicanos en la embajada española en Chile, la prensa convertida en instrumento propagandista coral, la evidencia de tantas continuidades con el franquismo, de la escopeta nacional a la trama Gürtel, de los grises a los GAL y a la ley Mordaza, los recortes de derechos laborales y de opinión, el españolismo excluyente y grosero, del cosmopolitismo provinciano y monolingüe de los madrileños de bien al “soy español español” que se canta brazo en alto como desafío interno contra catalanes, vascos, gallegos que se sientan gallegos, contra nosotros también, contra los valencianos, despreciados cuando nos sometemos, más despreciados aún cuando protestamos.

Y sobre todo me fascina, me escandaliza, me da muchísima pena, cómo mi generación se dejó engañar, como nos creímos la historia épica de la transición, como nos sentimos desacomplejadamente modernos y europeos, como creímos que eran verdad las palabras bonitas que nos enseñaban en el colegio en la clase de ¨ética”, los valores democráticos que se asociaban a la constitución del 78, mucho antes de que los fachas rearmados se quitaran las máscaras y prohibiesen por fin la “educación para la ciudadanía”. Aquellos tiempos felices y ciegos en que El País era un periódico de referencia y creíamos que Luís Cebrián -o Carmen Martín Gaite- eran progresistas e -incluso- de izquierdas.

 


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