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“La posibilidad de que no me haya pasado nad...

“La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece.” Marta Sanz, Clavícula.

Hèctor Collado Sancho

El pasado sábado 29 de abril acompañamos a Violeta Ros y a Marta Sanz en la presentación de Clavícula, que tuvo lugar en la estupenda librería Ramón Llull, siempre repleta de textos verdaderamente interesantes, de encuentros, de actividad.

 

“Porque la carne a veces se hace palabra y la palabra a veces se hace carne. La segunda posibilidad da mucho miedo”.

Violeta es doctoranda de la universidad de Valencia -dentro de unos días leerá su tesis-  y se ocupa de la narrativa contemporánea desde un enfoque generacional,  yendo y viniendo de los anclajes que apuntalan el relato de la transición. Su trabajo sobre otra novela de Sanz  Daniela Astor y la caja negra (2013), así como su interés por estudiar las relaciones entre relato y enfermedad, la capacitaban más que sobradamente para dar paso a una charla donde en todo momento se hizo patente la cercanía y la inteligencia de la autora de clavícula. Fue a lo fundamental y dio cumplida cuenta de los puntos de interés de este libro que nos gustó tanto. Centró su análisis en lo que resulta fundamental: la relación que en él entraña el cuerpo de quien escribe y la imposibilidad de separar este cuerpo de unas condiciones materiales que se traducen en la opresión capitalista, patriarcal, biopolítica:el hostigamiento de Marta a través de “el filo que separa el cuerpo de sus relatos científicos y su imaginación; la intolerancia ante el desequilibro psicológico y el desequilibrio como síntoma cada vez menos excepcional; la ansiedad como patología del capitalismo avanzado”. Así, explicaba Violeta, Clavícula es “un libro sobre el lado patético o reivindicativo del quejarse que, con sentido del humor, negro y autocrítico, conjuga la mirada social con una mirada sobre la literatura misma”. Y es que lo psicosomático siempre tuvo un sesgo sexista que hace falta echar por tierra, porque la credibilidad, frente a un médico, muchas veces implica la supervivencia. Todas tenemos miedo a la muerte.

Lo literario, no cabe duda, puede ser una herramienta para hacer frente a las fuerzas que nos alinean y a los mensajes a los que nos acogemos en un momento de debilidad. “Aquí la palabra busca dar cuenta de los hechos, más o menos difuminados, para llegar a entender”. En este uso de la literatura, que es autobiográfico a la par que político, “la carne a veces se hace palabra y la palabra a veces se hace carne. La segunda posibilidad da mucho miedo”.

“Voy a contar lo que me ha pasado y lo que no me ha pasado. La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece”.

“NO SOY UNA HIPOCONDRÍACA. NO ESTOY DEPRIMIDA. TENGO UN DOLOR. UNA ENFERMEDAD. LO REIVINDICO. ME QUEJO.”

Todos comprenden el dolor que se relaciona con la muerte,
pero el verdadero dolor no está presente en el espíritu.
No está en el aire ni en nuestra vida,
ni en estas terrazas llenas de humo.
El verdadero dolor que mantiene despiertas las cosas
es una pequeña quemadura infinita
en los ojos inocentes de los otros sistemas.

F.G.L.

El camino que emprende Marta en esta novela es el de una doble denegación que tiene que ver mucho con su condición de enferma, de mujer, de escritora y de trabajadora: reniega de la posición de “enferma imaginaria” y no tolera que identifiquen aquello que le aqueja como psicológico o transitorio

“Las enfermedades imaginarias nos postran de una manera ensimismada que destruye a los otros. Con desconsideración. Nos olvidamos del mundo y de sus urgencias. Nos olvidamos de lo mucho que sufren los niños con cáncer. (…) Se nos olvidan egoístamente. O a lo mejor es que las urgencias se nos han clavado como una astilla y forman una corriente infecciosa dentro de nuestro flujo sanguíneo. A lo mejor es que nos hemos convertido en víctimas pero, de momento, no queremos entrar en guerra con esos compañeros de viaje que, si pudiesen, nos sacarían los ojos con una cucharilla de café. Estamos exhaustas. Qué hijas de puta somos las enfermas imaginarias.” (62)

Tampoco quiere convertirse en viejoven, sino afrontar su condición con dignidad.

“Las empresas farmacéuticas, las industrias del porno, el jadeo intermitente, los fabricantes de lencería, las agencias de emparejamiento por internet, los fabricantes de geles de frío y calor, los de las sogas y cadenas y de esposas metálicas, los cantantes de boleros, los anunciantes de Vaginesil gel y los cultivadores de pétalos de rosas se han confabulado contra ese estoicismo que nos ayuda a morir. A la mierda Zenón de Citio. La ausencia de deseo es mala porque paraliza la vida, aunque la parálisis que de verdad resulta aterradora es la del monedero. Pero el deseo no es siempre una compulsión biológica: el deseo de los fabricantes de lencería y pomadas es una construcción, una filigrana imaginativa que me repugna en este momento en el que he optado por escupir toda la verdad.” (180, 181).

Y es que “nadie pronuncia la palabra menopausia, es un tótem o un tabú”. (52).  Pero mientras tanto “No hay presupuesto. Es jodidamente natural. Los calvarios de las hembras de la especie son jodidamente naturales” (31).  Como en el siglo XIX el discurso médico de la histeria femenina dispone a la mujer como un sujeto ansioso, incontrolable y quejica. Queda reflejado durante toda la novela, pero es paradigmático el caso de Natalia, que después de pasar por toda una retahíla de médicos que identificaban sus síntomas con una visión estereotipada de su género y su condición de madre, acabó por darse cuenta de que tenía un cáncer derivado de una grave negligencia médica. “Cosieron mal el corte de su episiotomía y se dejaron dentro una hilacha de venda.” (96) Que se diga bien alto que muchas negligencias se deben a una praxis mediada por ideología de género. Esto forma parte de los temores, de los temblores de quien escribe; empujada constantemente a pensar que lo que le duele no le duele de verdad. Sin embargo “resumo mis lloros y el dolor de mi clavícula, que alcanza ya la arteria subclavia y que puede llegar muchísimo más lejos y más allá.” (110)

 

Clavícula es la historia de inmensos desajustes, como la del licenciado de Cervantes, Tomás Rodaja que creía que “era todo hecho de vidrio” y se desmayaba cada vez que se iba a quebrar. Este es el documento de una fragilidad fundamental, que no se puede sortear y aflora contra una literatura empática que poco alimenta a la inteligencia que nos ha de ayudar a pensarnos; la de Marta no entierra las emociones, pero tampoco esconde lo patológico.

“Sufro un proceso de cristalización. Primero, los deditos de los pies y poco a poco las yemas, (…) Me cristalizo desde fuera hacia dentro y desde las extremidades hasta el tronco. (…) Dormiré en una caja de cartón entre bolitas de plástico blanco. Nieve. Me cristalizo a mí misma, soy mi enfermedad autoinmune” (140, 141).

No es casualidad que Marta no les caiga bien a muchos a través de sus libros autobiográficos; nosotros aplaudimos su valentía porque es incendiaria en su sinceridad.

“Ya lo he dicho: no creo que exista en el mundo nadie más listo que yo al menos en los asuntos que se refieren a mí misma. No creo en ayúdame a caminar, necesito de ti, de tu aliento y de tu voz. No creo en la osteopatía ni en los psicoterapeutas” (65)

Marta no sabe lo que le ocurre, pero sabe lo que le duele. Trata de encontrar un nombre a lo que la amenaza: la garrapata, la araña, “una pequeña cabeza de alfiler que súbitamente se transforma en una huella de malignidad. Una fractura en la osamenta o el reflejo de una vorágine interior” (12). Nos cuenta lo que le ha pasado y lo que no le ha pasado: lo que fue y lo que puede ser, lo que teme; pero “la posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece” (11). Marta lleva años escribiendo de lo que le duele. “Hoy veo con toda claridad que la escritura quiere poner nombre e imponer protocolo al caos” (51).

“Ocurren cosas muy complejas y su reverso. Todo a la vez.” (55)

Esta Clavícula no es un dietario estrictamente cronológico sino patológico, porque los tiempos los marca el dolor. Clavícula es la sinceridad de una queja, de un temor, de un temblor de carne en “el estilo es hablar de la tripa que se me ha roto” (50). Es un relato descosido donde la fisura también cuenta. Está hecho a martillazos, sus capítulos son breves como esquirlas y forman una secuencia que organiza, trabaja y nos dispone algunos procedimientos de resistencia necesaria.

 “La escritura araña la entropía como una cucharilla de café el muro de una prisión. Amputa miembros. Identifica -para sanarlas- las lacras de la enfermedad. Es un escáner” (51).

A Tomás Rodaja tampoco nada le impedía decir verdades como puños al ser, en estado puro, algo quebradizo.

“Sufro cuando siento que se me agota la capacidad de trabajo imprescindible para la autoexplotación, porque en la autoexplotación reside el germen de mi felicidad. No tolero mostrar debilidades en público porque el público es siempre un enemigo.” (64)

“no es lo mismo no poder pagar un alquiler, darles a tus hijos leche rebajada con agua, que sentir la carencia de una sustancia que, por ejemplo, nos ayude a atenuar cotidianamente el sentimiento trágico de la vida. Pienso que tengo derecho a ciertas enfermedades. Me las he ganado a pulso. Porque el mundo es casi siempre una mierda y cuesta un esfuerzo hercúleo tirar del carro.” (93)

Y el difícil anclaje entre la carne y el verbo, anunciado por la cita de Duras que encabeza todo esto: “Uno se encarniza. No puede escribir sin la fuerza del cuerpo.” Y no es una sorpresa que cuando Marta dice cuerpo también dice barroco: la certeza de la muerte se impone a la vanidad. El cuerpo de Marta es siempre parcialmente fallido, espejado, un misterio que anuncia la posibilidad de que el abismo nos devuelva la mirada.

Aparecen regiones de mi ser que antes no existían. La garrapata. La cabeza de alfiler. La rozadura. Recorro con el dedo la zona que va desde la garganta hasta el esternón como si tocase las válvulas de un instrumento de viento. Un fagot. Un clarinete. Me duele y este daño no se alivia con fármacos para combatir la depresión o el insomnio. No es mi vida la que me hace infeliz. Es la oscuridad de mi cuerpo.” (84)

Y Marta no se inventa nada, no hace autoficción. La autora habla en un régimen de precariedad cada vez mayor y, si Belén Gopegui planteó su apuesta literaria como el proyecto de hacer visible lo invisibilizado por el capitalismo, ella viene trabajando desde Lección de anatomía algo que nos fascina: cómo decirnos en el fuego cruzado entre lo que el poder hace de nosotros y los vínculos que nos construyen también en nuestra fragilidad; cómo hacer de la experiencia algo propio en el torbellino de dispositivos y relatos que la objetivan alienándola.

“Vivo dentro de una paradoja. Pienso que soy muy cruel al exponer a quienes amo a la vista de todos. Es un acto de maldad, una expiación que no me purifica y en la que todos me demuestran la magnitud de su amor al tolerármelo sin hacerme reproches. A la vez, si usara la distancia y sus estrategias para reconvertir en ajeno algo que no lo es, me sentiría cobarde y puede que en esa manipulación infringiera al prójimo el dolor de ser y de no ser, de reconocerse y de no reconocerse al mismo tiempo.”  (85)

Y ella se quita los tapujos porque sabe que la máscara la desnuda más. No por casualidad escribe un epílogo a Reencuentro de personajes, de la recientemente fallecida Elena Garro, que se titula “Las mujeres desnudas siempre están en peligro”.

“cada uno cuenta su biografía a través de las máscaras que considera oportunas. No todo el mundo sabe hacerlo y es muy posible que Elena Garro se sintiese toda su vida como mosca atrapada por la tela. O que quisiera representarse así. “

Garro no nos es simpática ideológicamente hablando, pero Marta, también a través de su lectura, maneja mejor que nadie una lección fundamental. A lo largo de Clavícula menta a Nietzsche, quien afirmó que “no existe dolor más intenso que el referido [o sentido, no lo recuerda bien] por una señorita burguesa bien alimentada y bien educada. Cultita.” (98) En el abismo entre el dolor sentido y el dolor referido, en la forzosa ficción de que toda escritura es autobiográfica, Marta se encuentra con Elena porque ambas comprenden que el dolor es la negación del azar y, sea desde la ficción o desde la autobiografía ambas son mujeres desnudas delante del espejo que escriben el cuerpo que es suyo y, sin embargo, está ocupado y no les pertenece: en medio de una telaraña de cristal o en una pequeña quemadura infinita alojada en la clavícula. En la zona de incertidumbre generada por la disyuntiva de si el dolor referido de una mujer burguesa es el más genuino, o acaso sea el dolor experimentado; Marta es expeditiva y nos habla de los padecimientos de su amiga Natalia, que ya hemos descrito.

“Pese a huir de la moral judeocristiana, se mostró como un misógino y un firme partidario de la continencia y la resignación. Quizá yo podría cuadrar perfectamente en la hipótesis de Nietzsche. No he querido tener hijos porque duelen. Sin embargo, el señor Nietzsche debería haber conocido a Natalia.” (99)

Aquí la autoexplotación corre pareja con la condición de una letraherida. No porque la herida de Marta sea imaginaria, hecha de poesía o de cuento, o algo así: es Marta quien está entre la letra y la herida. Y menos mal que tiene la letra, porque no todo el mundo tiene herramientas tan poderosas como las suyas para recorrer su sufrimiento. Clavícula es el camino de la escritura, “el dolor de la indagación impúdica” (85). Pero “también me interesa cuánto me van a pagar por mis esfuerzos. Por el libro que corrijo justo ahora y que tanto, tanto miedo me está dando” (50). Las condiciones materiales, las relaciones de producción están siempre presentes en una escritura de quien entiende que el marxismo y la literatura no pueden ser una conjunción gratuita.

“Cuando escribo –cuando escribimos- no podemos olvidarnos de cuáles son nuestras condiciones materiales. Por eso pienso que todos los textos son autobiográficos y a veces la máscara, las telas sinuosas y las transparencias que cubren el cuerpo son menos púdicas que una declaración en carne viva” (50)

Marta dice “ten cuidado con tus poemas, no vayas a lastimarte” pero sabe muy bien que el dolor no está, precisamente, en el texto. Sí, el relato debe ser también la pipa y no solo un afiche posmo. Pero la representación no encubre lo representado: lo descubre, este descubrir es una cuestión problemática porque el mundo está lleno de gilipollas. Por algo una puñetera pipa en vez de un pingüino, un desahucio o una garrapata. Por algo, digo yo, hablaremos del dolor subrayando nuestra condición de explotadas, en vez de que el dolor nos calle la boca. Por algo aprendemos con Marta cómo hacerlo.

“Ando buscando nuestra inmensa belleza entre este contubernio de palabras gratamente blasfemas y lenguaje corporal. La encuentro.” (85)

Para ella la vida privada de los pueblos y la tajada de vida empiezan por su condición de autora en tiempos de precariedad, de tener un marido en paro, de tener que hacerse a la carretera.

Como los collages de su padre ofrece un composito que pasa por todas sus textualidades, Buscamos una amapola que no se marchite, un cuento que ya había publicado, da buena cuenta de una de estas fisuras. También el hilo de correos que intercambia con su marido. El poema sobre la niña de Manila que publicó en Perro Berde antes de incluir en Clavícula, arrollador: uno de los textos de Marta que más me gustan, que más duele leer. Son esencialmente autobiográficos y su dolor referido apunta a hacia la otra cara de la autobiografía: quien trabaja escribiéndose se gesta en la proliferación de sus dicciones y contra-dicciones y ella no las neutraliza, las construye políticamente con una política del texto, del escalpelo del doctor Tulp. Porque “el dolor no es íntimo. Es un calambre público que se refleja en el modo en que los otros, los que más quieres, tienen de mirarte.” (89).

Si Lección de anatomía venía a ser una prospección de la relación de Marta con las mujeres y con su decisión de no parir; Clavícula tampoco nos engaña: lejos de los biopics de los culos gordos de la literatura patria, de funcionarios ideológicos del estado (la expresión se la debemos a Fortes), animales políticos o “princesas del pueblo”, nos enseña cuánta vida hay en el presentimiento de una muerte que nadie anuncia. Se acoge a la esdrújula, punzante y bella, como agua de mayo. Se acoge a la palabra dirigiéndose a la nada y “me queda una sombra, que puede escaparse, en cualquier momento, de detrás de la puerta” (193). Por una autobiografía periférica, necesariamente excéntrica y que nunca trata de transcribir el significado entero de una vida, se trata de una rodaja de las alocuciones y las ficciones transitadas en las que, como Vidriera, Marta se rompe: al referirlas Marta es su propio bisturí . “La autobiografía es la consagración de la realidad y de la primavera, y no las costuras para convertirla en un relato” (50).

Toda ella fue una esdrújula y espantó el horla al calor de unos instantes.

“Recompongo mis pedazos centrípetamente. Me escayolo.” (198)

“Primero, la cosa, el tema; luego las palabras” reza la regla de oro de la retórica. Aquí vemos una continua flotación, un intercambio entre un dolor que aún no tiene nombre y las palabras que no lo cercan, pero que lo hostigan. La argumentación es clara y le sirve a quien escribe para reclamar su derecho a la queja que la recorre, que no es la de una enferma imaginaria, sino la de una mujer trabajadora que, en tanto mujer, será señalada por prejuicios injustos y que, en tanto trabajadora, estará atenazada por la incertidumbre radical que a muchos nos quita el sueño.

Bravo. Aprendemos cada vez más de tus lecciones. Aprendemos cómo aprendernos, a desengañarnos antes para luchar después. Luchar mucho.

Desde NC, un beso clavicular a nuestra hada madrina, la perra mentirosa, la incendiaria, la más lista.


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