Goya y nosotros. De nuevo por nuestra independencia

Goya y nosotros. De nuevo por nuestra independencia

Josep Renau
Artículo publicado en Nuestra Bandera, 1-2. 1938


Muy pronto, dentro de breves semanas, los coleccionistas de estampas de Londres, de París, de Nueva York, archivarán en sus carpetas, con la etiqueta de “raro”, las magníficas aguafuertes de Goya que en este mes de febrero de 1938 están saliendo de los tórculos de la Calcografía Nacional, Cerca de la Puerta del Sol, en la calle de Alcalá.

En el corazón de Madrid, en plena zona batida, el trágico zumbido de los obuses no ha perturbado el temple admirable del obrero impresor; ni ha hecho vacilar en lo más mínimo su pulso al empuñar la palanca. Las pruebas – yo las he visto – son las mejores que de la matriz salieron en esta postrera edición tirada de las planchas originales.

Y con este hecho editorial, al parecer sin trascendencia, la obra grabada de Goya cierra un ciclo en la significación profunda y actual de su sentido revolucionario. ¿Qué momento más propicio hubiera podido escoger su obra, para renacer históricamente a la luz pública con toda su intachable virilidad popular y castiza, que este supremo trance por el que cruza nuestra España?

Al contemplar la obra ingente de Goya, da escalofríos ver cómo a través de sus imágenes se reactualiza la barbarie – tan antigua – de los invasores en la carne desgarrada del pueblo, levantado en armas, ayer como hoy, en defensa de su independencia.

Goya nació en el año 1746, en el pueblo de Fuendetodos, en plena tierra aragonesa, precisamente en los lugares en que los herederos de aquella fauna cerril y degenerada que levantó su crítica implacable muerden el polvo ante el bravío empuje de nuestro Ejército Popular. También Goya libró allí importantes batallas cuando el Napoleón enfático y soberbio creyó anexionarse “por decreto” nuestra tierra. Se equivocó entonces Napoleón, como se equivocará siempre quien se acerque a España, confiado en su aparente sueño, con intenciones aviesas. La obra más popular de Goya ilustra ese magnífico despertar de España, que ya es típico en su persistencia histórica.

Porque Goya, en su época, simbolizó esa profunda condición humana de nuestro pueblo que, en el transcurso de su histórica, súbitamente despierto de su letargo, se pone en pie, a través de la miseria, de la superstición y la ignorancia, transfigurado y reverberante de heroismo, rompiendo las cadenas que aherrojan sus cansados brazos, a pesar del brutal absolutismo, pese a la negra represión, pese a las propias hogueras del Santo Oficio, en cada momento de peligro, cada vez que el filisteismo nacional pretende negociar con los destinos de la patria.

Hasta el final de su vida, Goya persiste en su impulso violento hacia la libertad de su pensamiento y de su acción, que es la propia libertad de su pueblo. Efectivamente, el sentimiento de la libertad fue siempre el aglutinante del pueblo español, el motor supremo de las grandes épocas y de los grandes hechos de su arte y de su cultura el instinto de su persistencia histórica.

La rebeldía que se manifiesta a través de la expresión plástica de Goya, como expresión militante de ese sentimiento de la libertad, es tan antigua como antigua es en la historia española la política tiránica de opresión sobre las masas populares. La historia de los movimientos de rebeldía popular, su desarrollo y afirmación como valor positivo y revolucionario, se ha realizado en la misma medida en que los regímenes de opresión se han lanzado más a fondo contra las libertades del pueblo.

Esta inquietud latente de rebeldía popular, que a través del vaivén político de los últimos cinco siglos imprimió ese sentido de inestabilidad a nuestra historia, se condensa sustancialmente en la obra de Goya, determinando, por decirlo así, el perfil antifascista de su arte, en la prehistoria del Antifascismo, perfil que aclara y establece históricamente su disconformidad radical con todo lo que se estaba haciendo con el destino de España, su divorcio con los falsos rumbos que los gobiernos de Austrias y Borbones daban a su historia exterior, a su régimen interno.

El español de aquellos siglos asiste a los errores mortales que llevaron a la ruina la industria y la agricultura, haciendo descansar a la economía nacional sobre una base falsa; asiste al suicidio del Estado español, pero sin entregarse, sin perder por un solo momento frente al centralismo absolutista el sentido de su libertad. Este divorcio entre el Estado y el pueblo, que refleja tan brillantemente el pensamiento de Goya, salva al pueblo de la catástrofe del Estado. La lucha popular contra los ejércitos imperialistas de Napoleón puso de manifiesto esta radiante realidad: Si el decrépito Estado español se deshacía en Bayona, el pueblo español, lleno de vida sana, pudo improvisar la victoriosa defensa de su independencia.

Los postreros días de la vida de Goya son un ejemplo de abnegación revolucionaria. Sus luchas contra la monarquía y contra la desnaturalización del clero le llevan desterrado fuera de su patria, donde muere entre los franceses, a los que amaba apasionadamente, a causa de su espíritu rebelde, y de los que había sido el más sangriento enemigo en trance de invasores de su España. Un año antes moría otro artista genial, común enemigo de Napoleón: Luis von Beethoven. Ambos artistas, poetas de la libertad humana, recogiendo en su espíritu el rescoldo revolucionario y popular de la época, abrazaron con su arte al mundo entero, a toda la humanidad, excluyendo deliberadamente de este concepto genérico a las castas reaccionarias, hacia las cuales solo el odio, como sentido despectivo y disolvente, tomó formas agresivas en sus pensamientos, en sus vidas y en su arte.

Con una conciencia exacta de la superioridad de su espíritu y del grado de estupidez de sus “protectores” oficiales, al nombramiento de pintor de cámara contesta Goya inmediatamente con un audaz insulto, en pleno rostro, en su lienzo “La familia de Carlos IV”. Si muertos están en nuestra historia los personajes de aquella familia borbónica, castrados por sus malsanas devociones, embrutecidos por sus vicios secretos en alcobas y confesionarios, bien muertos están en ese cuadro, en el que el odio furioso de Goya, no satisfecho con golpear el rostro de los peleles reales hasta hacerles perder su fisionomía humana, ahonda con crueldad implacable en sus leyes biológicas, en su sexo y en su destino, hasta alcanzar  el patetismo morboso de una ejecución capital.

A impulsos de un temperamento profundamente humano que se va vigorizando al calor del drama que abrasa a su pueblo, que se va desarrollando en formas críticas directas y originales, el pincel de Goya transforma, desde el interior mismo de las formas heredadas en su primera obra, las reminiscencias decadentes de aquel amaneramiento en la concepción artística, que, huyendo de la Revolución Francesa, vino a incrustarse en el campo – abierto a toda corrupción – de la vida oficial española. Y en la medida en que va liquidando los tópicos convencionalistas de la época, el pincel de Goya se agudiza hasta abrir brecha, con crueldad de bisturí, en las gangrenas sociales por donde desborda en expresiones tumefactas el fiel retrato de una aristocracia idiotizada.

Si Goya escribió con trazos enérgicos y esenciales los bajos fondos de odio antipopular en que las castas de la reacción nacional sintetizan su voluntad de permanencia histórica como método de oposición al desarrollo libre de la humanidad, a la creación necesaria de nuevas formas de convivencia humana, el pensamiento ingente del gran artista nos pertenece por completo, como antecedente histórico en nuestra sangre, como arma genuina en nuestra mano, contra aquella mascarada trágica que agoniza al otro lado de nuestras líneas de fuego.

La obra revolucionaria de Goya alcanza hoy categoría profética. De su arte trasciende la honda lección de hasta qué punto era fatal y necesario el trance actual de violencia para arrasar ese peso muerto que obstruía la historia española. Aquellos malditos personajes, generales envilecidos, duques cretinos y marquesas prostitutas, brujas fanáticas y frailes desalmados, son los antepasados directos de esa España encanallada de hoy, en cuyo pensamiento fósil tiembla como sueño postrero la añoranza de la Inquisición, del noventa por ciento de analfabetos, de los cristos sangrantes y atormentados.

Pero cuando la historia se repite, lo realiza siempre en un plano diferente. El pueblo español, a través de sus luchas libertadoras, no había sido capaz de consolidar sus victorias con la constitución de un nuevo Estado, frente al que se derrumbaba. Una de las características más persistentes de la Revolución Española consiste en el hecho de que el pueblo, en el momento preciso de dar el gran paso adelante para iniciar su nueva vida, cae bajo el poder de ilusiones del pasado no enterradas. Toda la fuerza, toda la influencia conquistada a costa de tantos sacrificios y heroismos, pasan a manos de demagogos, que aparecen como representantes de movimientos populares en tiempos anteriores. El espléndido movimiento popular de la sociedad española, que en los primeros años del siglo XIX la condujo a un triunfo genial, se frustra cuando los elementos antipopulares, continuadores encubiertos de la tradición cesarista, se adhieren a la causa de la independencia para reorganizar el régimen borbónico, bajo el mando de las viejas castas feudales. Todas las gestas heroicas del pueblo español durante el siglo XIX – antecedentes genealógicos de la lucha actual – fracasan al borde de esa oportunidad feliz de organizar el Estado democrático.

Hasta el 16 de febrero de 1936, las masas populares defienden encarnizadamente su derecho a la vida contra el aparato del Estado. Hoy, por primera vez en nuestra historia, el ciudadano español defiende su libertad apoyando su fuerza en un Estado popular que él mismo ha creado. El pueblo, que lucha por su libertad contra sus antiguos explotadores y opresores, se ha encontrado el Poder entre las manos y va destruyendo los restos de la antigua opresión en la medida que fortalece su propio Estado, que va alcanzando, a través del proceso de desarrollo de la lucha armada, su madurez histórica.

Goya suprimiría hoy, pues, de sus “Desastres de la guerra” esa estampa última, temblorosa de rabia y de ternura, en la que bajo el epígrafe “Murió la verdad”, entierra de nuevo a la victoria popular entre el coro fatídico de las castas enemigas que perduran. Porque en el caso de hoy, la Verdad y la Justicia, como frutos sustanciales de nuestra lucha, sobrevivirán inexorablemente a las castas fascistas para forjar una España fuerte y libre, tal como la deseó don Francisco de Goya y Lucientes, tal como la estamos forjando sus compatriotas de hoy, sus camaradas de siempre.

Nueva Cultura

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