Dedicada al II Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura

Dedicada al II Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura

NUEVA CULTURA, JULIO 1937

No hace muchos días en Valencia, Barcelona y Madrid, se ha celebrado la reunión de las figuras más destacadas de las artes y las letras, en el II Congreso Internacional de Escritores para la defensa de la Cultura.

NUEVA CULTURA, consciente de la importancia que para nosotros tiene que un Congreso como éste sea en España donde se reúna, en momentos tan decisivos para el porvenir de nuestra patria, saluda emocionada a las figuras señeras del pensamiento universal que nos han honrado con su colaboración y con su presencia y quiere, como el mejor homenaje que se puede tributar a los intelectuales de todo el mundo que nos asisten con su cordial simpatía, dejar sentado en estas páginas lo que piensan y sienten los intelectuales españoles encuadrados en las distintas Secciones de nuestra Alianza, sobre lo que para nosotros significa la actual guerra española en orden a la defensa de la cultura universal.

ESPAÑA PROYECTADA EN SU HISTORIA

Si se quiere penetrar hondamente en el sentido heroico de la lucha en defensa de la cultura que actualmente sostiene nuestro pueblo contra el fascismo internacional, no es posible olvidar que sobre España ha pesado, por imperativos geográficos inexorables, un destino histórico glorioso, cargado de enorme responsabilidad: nuestra península ha sido una verdadera encrucijada en las rutas de grandes pueblos, donde se ha ventilado la suerte e las culturas más contradictorias.

Un pueblo que puede presentar ante el mundo semejante ejecutoria histórica, tiene derecho a exigir de todos el respeto más absoluto a la libre determinación de sus propios destinos.

Pero además esta historia de España, tan rica en aportaciones a la mejor cultura universal, no es algo que pueda ser contemplado como un pasado muerto, como un ciclo cerrado, como una supervivencia arqueológica cubierta de musgo y erudición y recordada con vaga melancolía.

La obra creadora de España en todos los órdenes de la cultura, rebosando sus estrechos límites geográficos, está hoy viva y latente, con amplias perspectivas para un futuro inmediato, en España y en América.

Ya en otras páginas de NUEVA CULTURA ha quedado debidamente subrayado lo que para los pueblos libres de América significa el triunfo o la derrota de la causa popular española.

Todos los valores espirituales más altos de los pueblos hispano- americanos, sienten hoy firmemente arraigado en su ánimo el convencimiento de la vinculación estrecha, fatalmente inseparable, que une sus propias culturas nacionales con las tradiciones mejores de la vieja cultura española.

El resultado de nuestra guerra no puede ser mirado con indiferencia por nadie, dada la forzosa repercusión que en el porvenir político y social más inmediato del mundo civilizado ha de tener, inexorablemente, por el carácter de universalidad de los valores culturales que en la misma se ventilan. Pero menos que ningunos otros pueden sentirse ajenos a nuestra contienda los hombres libres de los pueblos hispanoamericanos, ya que el triunfo de los generales sublevados implicaría el hundimiento vertical y definitivo de la vieja cultura española, cuyos exponentes más elevados han de ser mirados por igual, como propios, por hispanoamericanos y españoles; el resurgimiento y perpetuación de viejos vicios, en trance de superación, que hubieron de dar pábulo en otros tiempos a la llamada leyenda negra española; la desnaturalización última de España como entidad histórica, que pasaría a ser de hecho territorio colonizable y colonizado por los súbditos de Hitler y de Mussolini.

En cambio, la victoria de la causa popular habrá de representar la continuidad histórica de la auténtica personalidad española, con todos los poros muy abiertos a un porvenir de libertad política y de justicia social; la salvación y revalorización de nuestra cultura y el afianzamiento de los estrechos vínculos espirituales que nos ligan con todos los pueblos libres de la América hispánica.

EL SENTIDO DE CONTINUIDAD

No ha de parecer ocioso que insistamos, sin excesiva reiteración, en el desarrollo y glosa de este concepto.

El sentido de continuidad histórica en la vida cultural de España lo representaríamos nosotros, aun cuando nuestra guerra se hubiera mantenido con las características externas que hubo de presentar en los primeros momentos: una sublevación militar alentada y sostenida por las fuerzas más reaccionarias del país, frente a un Gobierno legítimo, estrictamente constitucional, que gozaba de la plena confianza del Jefe del Estado y del Parlamento de la República elegido en fecha reciente, en elecciones acatadas por todos e inatacables en su clara y rotunda legalidad.

Lo representaríamos nosotros porque es incuestionable que nuestro Gobierno y nuestro Ejército son la encarnación auténtica del sentimiento popular español y España es un país en que lo mejor de su historia ha sido directamente forjado por el pueblo en franco divorcio muchas veces con el sentir y el pensar de las minorías dirigentes y de las clases sociales privilegiadas.

Recordemos como ejemplos más representativos a este respecto: en momentos de esplendor, el hecho de la conquista y colonización de América; y en momentos de decadencia, la gesta popular heroicamente desesperada de 1808.

Recordemos también que en la obra imperecedera de nuestra creación artística lo que más vale tiene siempre una fuerte raigambre popular muy acusada.

En recientes conferencias pronunciadas por personas especializadas en estas cuestiones en la Universidad de Valencia, quedaron suficientemente documentados estos conceptos.

La España que los facciosos podrían representar, por el contrario, sería la España entregada en manos de unas clases privilegiadas, desnutridas de toda savia popular, que a lo largo de siglos de dominación, empeñadas en perpetuar viejas tradiciones muertas, han conseguido labrar la ruina de nuestra patria en un lento proceso de decadencia, durante el cual hubieron de situar siempre a España en pugna con los ideales más estimados por la Europa mejor.

Esta nueva afirmación de voluntad —tan llena de esperanzas— que el pueblo español defiende en estos momentos, después de tantos años de apartamiento de los destinos del país, no puede quedar truncada por el triunfo de los facciosos.

LO QUE SIGNIFICA PARA LA CULTURA DEL MUNDO EL TRIUNFO O LA DERROTA DEL PUEBLO ESPAÑOL

No puede quedar truncada porque nuestra guerra, además, no es ya hoy una guerra puramente civil. Nuestro pueblo, al defender con las armas nuestra propia cultura, defiende la cultura de todos los pueblos, amenazada ferozmente por el fascismo internacional.

Frente a la amenaza que el fascismo significa, hubo de nacer en todos los pueblos libres con organización política de tipo democrático, la Asociación Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura.

Hoy esta amenaza ha cobrado en España una trágica realidad.

En la deslealtad de unos generales traidores, en el egoísmo feroz de una aristocracia decadente propietaria de una gran parte del campo español dentro de una organización económica agraria de tipo feudal, en la codicia insaciable de una plutocracia nada inteligente, en el fanatismo torpe y rencoroso de una Iglesia militante desconocedora de sus deberes fundamentales y primarios, ha encontrado el fascismo internacional, acaudillado por Hitler y Mussolini, el terreno propicio para librar su gran batalla contra las democracias europeas y contra las justas reivindicaciones sociales del proletariado de todos los países.

Se ha dicho ya muchas veces, pero no importa repetirlo: la guerra que hoy sostenemos en España no es una guerra civil.

Si nuestra guerra hubiera conservado las características aparentes que presentó en los primeros momentos, hace tiempo que hubiera terminado con el triunfo rotundo del pueblo español.

Sin armas, sin organización militar ninguna, con sólo su heroísmo y su entusiasmo, supo nuestro pueblo arrollar a los traidores en las ciudades más importantes, y llegar por tierras de Cataluña y Aragón a las puertas de Huesca y Zaragoza, y sitiar a los militares traidores en Oviedo y amenazar seriamente, por el Sur, a Córdoba y Granada.

Sólo cuando la intervención de Italia y Alemania se produce, cada vez con intensidad mayor, puede contenerse el empuje de las masas populares y se inician los grandes avances tácticos de rebeldes e invasores.

Nuestros soldados luchan hoy, no contra las huestes acaudilladas por unos generales facciosos, sino contra las fuerzas organizadas del fascismo europeo.

No es sólo la independencia política de España y la continuidad histórica de nuestra cultura nacional lo que en esta contienda se ventila.

Habría de ser así y nadie podría negarnos títulos suficientes para recabar el apoyo de todos los hombres libres del mundo. Un país como España no puede ser sacrificado fríamente a la codicia del capitalismo internacional.

Pero la presa española, con ser tan estimada, no sería bastante a satisfacer la codicia insaciable del fascismo italiano y del nacionalsocialismo alemán. El sacrificio de España no constituiría en modo alguno una garantía en el pacífico disfrute de sus intereses nacionales, defendidos torpemente, con egoísmo cobarde, por las grandes democracias europeas.

Las nuevas trincheras hispánicas del fascismo servirían solamente como sólidos puntos de ataque para la lucha final y decisiva. El equilibrio político internacional sostenido a costa de claudicaciones tan vergonzosas sucumbiría irremediablemente.

Una vez más, en la historia, se están decidiendo en nuestro suelo los futuros destinos de la cultura universal.

El pueblo español sabrá cumplir heroicamente con su deber sobrellevando todos los sacrificios.

Confiamos en que todos los hombres libres del mundo laborarán para que estos sacrificios no resulten estériles y abran para el por- venir de nuestra cultura nuevas rutas de paz.

 

Nueva Cultura

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