Alfons Cervera: ¿Dónde debatimos?

Alfons Cervera: ¿Dónde debatimos?

Alfons Cervera

MEMORIA PARA INTERPRETAR EL PRESENTE

A la hora de resolver los problemas de post trauma, siempre se suelen citar como referentes un par de países latinoamericanos y un par de países europeos. Los países europeos que tienen un cierto paralelismo con España son Francia y Alemania, cuyo trauma fue la Segunda Guerra Mundial; los latinoamericanos, Argentina y Chile, que pasaron por sus propias dictaduras militares. Nunca es fácil salir del trauma de una manera justa y veraz, pero ¿cómo han resuelto sus conflictos de memoria estos países?

Las políticas de memoria en Francia y Alemania son claras: está prohibido hacer exaltación del nazismo o del colaboracionismo en cualquiera de sus formas. Pero el proceso hasta llegar ahí no ha sido fácil. Cuando termina la Segunda Guerra Mundial, Francia se inventa la biografía de un país resistente. En Francia pasaron por una situación muy parecida a la española, en que muchos colaboracionistas siguieron existiendo después de la Segunda Guerra Mundial en las altas esferas de la seguridad francesa. Con Alemania ocurrió lo mismo: se trata de dos países que han salido del trauma de la mejor manera posible, teniendo muy claro de qué parte estaban la razón, la verdad y la justicia.

Decía Machado -por boca de Juan de Mairena- que las únicas guerras justas, si las hay, son aquellas que gana la razón. En Alemania y en Francia la guerra la gana la razón y todo lo que viene después se organiza a partir de ahí. En España ocurre lo contrario, gana la sinrazón y todo lo que viene después se organiza desde la sinrazón. Quienes ganaron la guerra en Alemania y en Francia hicieron lo posible para que la verdad, la justicia y la reparación se hicieran reales y efectivas.

Las dictaduras de Argentina y de Chile siguieron el modelo de Franco y aplicaron algo muy parecido al golpe de estado fascista en España. Tanto para las juntas militares argentinas como para Pinochet, la consigna es el exterminio del diferente. En Chile, cuya dictadura tuvo rasgos de ferocidad muy parecidos a la española, Pinochet no muere en el mando sino que promueve un referéndum que acaba perdiendo. Pese a que no llega a ingresar en prisión, en vida de Pinochet llega la democracia a Chile.

En Argentina el proceso es mucho más complejo: en el 83, con Raúl Alfonsín, llega la democracia y se aplica lo que de hecho se conoce como el Nüremberg argentino: se sienta en el banquillo a todos los grandes implicados en las juntas militares. Pero este proceso dura muy poco tiempo y Alfonsín se ve obligado a rectificar: donde antes hubo juicios contra los genocidas, ahora está la Ley de Punto Final, que supone una auténtica vuelta atrás.

Posteriormente Néstor Kirchner tumba las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final y obliga a volver al banquillo a los que habían sido liberados. Cuando Macri llega al poder, trata de aliviar la condena con un 2×1, la rebaja de una etapa de prisión por cada etapa cumplida. Pero Macri se ve obligado a dar marcha atrás ante las movilizaciones de cerca medio millón de personas en las calles de Buenos Aires.

Todo esto viene a demostrar que los procesos de transición suponen idas y venidas, pero ¿cuál es nuestra singularidad? En España no ha habido nunca una Ley de Memoria que asegure el derecho a la verdad, a la justicia y a la reparación. Se trata de una reivindicación que ya pedíamos en los últimos años del franquismo –llibertat, amnistía, estatut d’autonomia-, pero que chocó de frente con la Ley de Amnistía de 1977, de donde proceden todos los males posteriores. Esta ley iguala a quienes defendían la República durante la guerra y la clandestinidad con quienes fueron sus verdugos, y supone el triunfo del lenguaje revisionista o negacionista que aún hoy está presente y que representan autores como Javier Cercas, Andrés Trapiello, Antonio Muñoz Molina o Jordi Gracia.

Respecto a la Ley de Amnistía, existe una paradoja curiosa, y es que, aun igualando a víctimas y a verdugos, reconoce que el franquismo fue pura delincuencia: amnistía al torturador Martín Villa al mismo tiempo que reconoce que fue un delincuente. Debido a esta ley, actualmente es imposible juzgar en España a los jerarcas del franquismo (Roberto Conesa, el propio Martín Villa, Billy el Niño, Ballesteros).

Por otro lado, lo que se ha tratado de conseguir es que los crímenes franquistas formen parte de los delitos de genocidio o lesa humanidad y por lo tanto se declaren imprescriptibles. Es a través de la jueza María Servini, instructora de la Querella Argentina, como esto está comenzando a ser posible.

Y es que la Ley de Amnistía, la primera ley de memoria en España, realmente supone nuestra primera ley de punto final, destinada a no mover nada. La segunda es la propia Constitución de 1978 que nos impone, con la excusa constitucional, la cuestión de la forma de estado. Da legitimidad a algo que, hasta la Constitución, era herencia franquista.

La tercera ley de punto final es la de 2007 de Zapatero, donde otra vez volvemos al miedo a decidir qué fue nuestro pasado. No contempla uno de los puntos que exigíamos, la nulidad de los juicios franquistas: una nulidad que no es revisión, pues esto implicaría reconocer visos de legalidad a los juicios franquistas. No, nuestra exigencia es la nulidad, los juicios son ilegales porque proceden de un golpe de estado. Otro de los puntos fundamentales de esta ley era la retirada de símbolos fascistas, que no se ha llevado a cabo de manera efectiva: hace unos meses el Ayuntamiento de Valencia ordenaba la retirada de varios escudos franquistas de la ciudad. La noticia ponía énfasis en la adscripción ideológica del equipo de gobierno, de manera que tiende a asociarse a la izquierda el cumplimiento de la ley de memoria, cuando en realidad es de obligado cumplimiento para todos.

En ese aspecto, la dotación presupuestaria para políticas de memoria constituye otro de los puntos calientes de la última ley. El presidente Rajoy llegó a “defenderse” ante un periodista aduciendo que no había destinado un solo euro a políticas de memoria, situación que no se ha solucionado.

En definitiva, el problema en España ha sido que la derrota no tiene relato. No ha habido una ley seria de memoria, que contribuya a la verdad, la justicia y la reparación. La dictadura consiguió perpetuarse durante 40 años y el éxito del franquismo lo vemos ahora con las políticas de memoria. Gracias a su terrorífica labor educativa, a la represión política, ha conseguido que incluso la izquierda no quiera saber nada del tema. España, como decía Vázquez Montalbán, sigue viviendo en el franquismo sociológico y este absentismo de los partidos de izquierdas nos tiene que hacer reflexionar.

Como decía Max Aub en 1969, cuando vuelve a España y escribe La gallina ciega, “lo malo no es que los españoles no tengan libertad, lo malo de verdad es que les importa un pito no tenerla”. El franquismo sociológico sigue existiendo, y las cuestiones de memoria suponen un problema porque no tienen un respaldo social claro.

Y es que el pasado interesa en la medida en que contiene las claves para interpretar el presente. Cabe preguntar de dónde hemos sacado lo que somos ahora mismo:  parte de lo que somos viene de atrás, de otra gente que vivió y nos legó su herencia, en forma de relato. La mayoría de los que escribimos sobre esa época no la hemos vivido. Rafael Chirbes y yo mismo no formamos parte de la generación de la guerra, sino de la generación de la Transición. Todas las reflexiones que se hagan sobre nuestro pasado han de llevarse a nuestro terreno actual. ¿Cómo es posible que en los años 80 se hicieran bromas con la muerte de Carrero Blanco en espacios públicos -incluso teatros- y que hoy se detenga a Cassandra Vera por unos tweets que incluso la nieta de Carrero ha exculpado? ¿Por qué razón algo que en épocas más complejas no provocaba conflicto hoy sí lo hace? ¿Por qué algo que estaba empezando a ser normal está sufriendo persecución por parte de la justicia?

Tenemos el Valle de los Caídos, un monumento impensable en un país que ha salido de un trauma de 40 años. ¿Por qué es una cuestión tabú? ¿Por qué sigue allí enterrado uno de los dictadores más sanguinarios del mundo? Somos el segundo país -después de Camboya- con más desaparecidos. ¿Qué pasa con la cruz? ¿Qué pasa con el mausoleo? Hay quien defiende que se convierta en lugar de memoria, al igual que ha ocurrido con los campos nazis, pero el Valle de los Caídos sería siempre un lugar de memoria parcial.

Todo lo que ha habido después de la muerte de Franco son reajustes, nunca hubo una ruptura. El discurso entonces era ruptura o reforma: la extrema izquierda defendía la ruptura, la izquierda representada por el PCE y el PSOE defendía la reforma junto a la UCD, que era la parte más presentable del franquismo. Quienes defendieron la Transición argumentaban que los españoles no querían otra guerra, porque internamente relacionaban república y guerra. Así, el nuevo tiempo fue construido de manera tramposa: Victoria Prego, esa “maestra de periodistas” que pasa por ser la cronista de la Transición, reconoce que, en una entrevista a Suárez que nunca publicó, Suárez confesaba no haber convocado un referéndum acerca de la forma de estado porque habría ganado la república. ¿Dónde estaba entonces ese miedo a la guerra?

En todo esto jugó un papel muy importante el PSOE, en cuyo congreso de Suresnes (1974) interviene la CIA para arrinconar al viejo PSOE y hacer surgir el nuevo de Felipe González y Alfonso Guerra. Es su legado el que arrastramos hoy. En cuestiones de memoria el PSOE debe mucho porque, si bien la situación del 76 al 81 no era fácil -la transición tranquila se salda con 600 muertos, es la época de ETA y de los paramilitares fascistas mezclados con las cúpulas policiales-, gobernaron desde 1982 hasta 1996 con 10 millones de votos. La responsabilidad máxima en esta época la tiene un PSOE en el que Alfonso Guerra despacha todo esto diciendo que se trata de cuestiones de arqueología.

El pasado día 5 se debatió en les Corts Valencianes la Ley de Memoria Democrática y Convivencia de la Generalitat Valenciana. En esta ley nuevamente volvemos a la confusión: se habla de las “víctimas de la guerra civil y de la dictadura”, confundiéndolas. En vez de hablar de golpe de estado, se le llama sublevación militar, ignorando la existencia de una trama no sólo militar sino también política, civil, económica y religiosa. Se trata de nuevo de instalarnos en la perversión del lenguaje.

En definitiva, en materia de memoria seguimos viviendo en franquismo: venimos de una reforma de la dictadura, de las políticas de la no-memoria del PSOE durante sus años de gobierno y hemos terminado en una situación dominada por un PP con comportamientos absolutamente fascistas. Hoy seguimos teniendo miedo a la recuperación de nuestro pasado.

LA ESCRITURA NUNCA ENGAÑA

Y, pese a todo, los avances que se han producido han tenido como contestación un correctivo, el lenguaje negacionista y el revisionista en sus diversas formas. Cuando estábamos saltándonos las normas de la Transición, inmediatamente se opone otra vez el falso consenso; cuando ya estaba Chirbes escribiendo acerca de las grandes mentiras, cuando Marsé o incluso yo mismo llevábamos años escribiendo, volvemos a las novelas del consenso.

Ya pueden decir misa los novelistas acerca de su equidistancia, ¡vamos a leer los textos de los escritores de ficción que están abordando la memoria democrática! La única fuente que tienen los lectores para corroborar lo que pensamos los escritores es acudir a nuestras obras. Uno puede presumir de equidistancia en un artículo de prensa, en una entrevista, pero nuestro deber es leer. ¿Cómo es posible que ilustres catedráticos tengan como única fuente de información el grupo PRISA y los escritores que aparecen en Babelia?

A mí me da igual lo que diga Antonio Muñoz Molina, hay que leer Todo lo que era sólido, para ver quién es realmente Antonio Muñoz Molina. O El impostor, de Javier Cercas. O Ayer no más, de Andrés Trapiello. O la reivindicación de la escritura fascista que hace Jordi Gracia. El problema de todo esto es que existe una cohorte de defensores de estos escritores que saltan al degüello, mientras que otros solamente nos podemos defender con nuestros textos. La escritura nunca engaña.

El cambio en el paisaje de la novela sobre la memoria en España, desde el año 95 -cuando publico El color del crepúsculo– hasta hoy, ha sido radical. Hay una gran abundancia de textos testimoniales, novelas, relatos históricos… pero también por eso mismo todo se ha vuelto más complejo. Hace poco, Cercas publica una novela sobre su tío, El monarca de las sombras: por cada novela que Javier Cercas escribe, aparecen páginas y páginas en EL PAÍS, y noticias en todas las televisiones de España. Estamos ante un exceso de información que nos lleva a una situación que ya describía Pierre Bayard en el libro Cómo hablar de los libros que no se han leído.

A la novela de Cercas contesta el historiador Francisco Espinosa Maestre afirmando que “Javier Cercas blanquea de nuevo el fascismo” ¿Cuál es la intención de la novela? Si es hablar de su tío abuelo, para eso no hace falta una novela. Si se escribe una novela así es que se le otorga a esa historia una dimensión universal. Al final, el andamiaje de la literatura revisionista consiste en intentar que el discurso de la conciliación sea el hegemónico. Pero la famosa equidistancia no existe: el propio Julián Casanova, en el prólogo al libro Vivir, matar, sobrevivir dice que el pensamiento histórico no es políticamente neutral. Siempre te colocas en un sitio o en otro.

Javier Cercas responde indirectamente a Espinosa en EL PAÍS SEMANAL de una manera vergonzante: “¿significa que todos los que apoyaron la República fueron unas personas excelentes, y unos canallas todos los que apoyaron el golpe militar?” Por su parte, Antonio Muñoz Molina afirmaba en Todo lo que era sólido que los españoles no percibíamos la crisis porque estábamos desenterrando muertos. Se trata de saber desde qué posición se habla: en este caso desde la desfachatez intelectual que describía Ignacio Sánchez Cuenca. Estamos ante gente que tiene la autoridad de un grupo editorial, que detenta la versión oficial de la literatura y que no se tiene que justificar ante nadie. Estamos ante la autoridad del grupo PRISA, que tanta mediocridad ha encumbrado, que ha convertido la fragilidad intelectual en poder. Y el poder no responde ante nadie. Estos escritores pueden permitirse no responder porque tienen cohortes que los defienden. Este es el gran debate, no si hay una equidistancia en su obra. ¿Dónde debatimos?

 

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